viernes, 28 de enero de 2011

El silencio de la nieve

EL SILENCIO DE LA NIEVE


Nos azota un viento helado, a pesar de que los pinos y el abrigo del monte tienen el poder de protegernos en parte, mientras pace en calma el pequeño rebaño de ovejas y de cabras, que mi abuelo y yo guardamos en las cercanías del pueblo, porque mi padre anda en otras labores y las vacaciones de Navidad me dan un respiro para echar una mano en las tareas de mi familia. Me subo las solapas  del abrigo ya gastado que sólo uso para estos menesteres, y meto mi cuello y parte de mi cabeza en lo profundo de la prenda que me cubre.
            Hace frío, pero está raso y, tal vez, cuando el sol nos caliente del todo, resultará agradable la contemplación de la mañana y del cielo desde nuestro lugar de pastores improvisados en la ladera del monte. Sé que para este oficio, que ya realizó en su día el gran Miguel Hernández y que cantaban en sus versos poetas tan valiosos como Garcilaso de La Vega, es necesaria mucha paciencia, un aplomo infinito para ver pasar el tiempo, lentamente, y presenciar con satisfacción el engorde del rebaño y no desesperar, porque nada es tan urgente como el alimento de los animales y su seguridad.
            De pronto, las nubes nos ocultan la luz y un manto lechoso se derrama sobre la tierra y sobre los hombres en la tarde invernal. Un tono ceniciento se adueña de todas las imágenes y cesa el frío, al menos su áspera mordedura.
            Mi abuelo recela de la templanza en estos días, porque es el presagio de la nieve, y yo me regocijo con esta feliz expectativa, porque tendremos que encerrar el ganado, cuya labor me aburre tanto y volveremos a casa, a la paz de la lumbre y a la cena. Sin embargo, mi abuelo es duro y aguanta entre los árboles como un héroe de la sierra y eso mismo espera de mí, que retengamos unos minutos más a las reses para que aprovechen los pastos de la estación precaria.
            Se hace, entonces, el silencio, una especie de vacío o de hueco en el susurro constante de los árboles y en el eco de la montaña, que es la voz de la piedra percutida por el aire gélido de estos días. Los animales comen, ajenos al vaticinio de los copos de nieve, que no tardarán en caer como pétalos de un sueño helado. Hundo mis manos en los bolsillos del abrigo y coloco el tapabocas sobre mi rostro para evitar la erosión de la nieve. Nos hemos ido quedando sordos por minutos y ya no se oye otra cosa que el removerse del ganado entre las aliagas y algún cencerro en lo alto de la ladera, donde tal vez anden otros rebaños y otros pastores.
            Percibo el apagamiento de la tarde y de la luz, la inminencia de algo que nos llega del cielo, un recogimiento de la sierra y una quietud que es indicio de un misterio natural. Las ovejas y las cabras andan a lo suyo, devorando los brotes más tiernos que todavía no han quemado las heladas, y mi abuelo saca la petaca y un papel transparente de un librito rojo y lía un cigarro ancho, que prende con su tosco encendedor de mecha, y yo huelo el aroma conocido del tabaco, fundido con las emanaciones del tomillo y del romero, y un matiz persistente de humedad inmediata, que adivino en las nubes blancas del día casi extinguido.
            Esperamos a mi padre, que llegará en cualquier momento para ayudarnos a encerrar el ganado en el corral del Castillo. Sé que todo está a punto de suceder, que dentro de unos minutos estaré en la cocina de mi casa, frente a la chimenea con el fuego que ya habrá encendido mi madre o mi abuela, pero aún nos quedan unos minutos de luz, la demora imprescindible para que las reses aprovechen los últimos pastos de la temporada. En el corral recibirán un pienso y beberán agua y  se regocijarán con el calor del estiércol que cubre los suelos y en la oscuridad de la noche rumiarán interminablemente la comida del día, como si recordaran la dicha de las horas paciendo al aire libre.
            No sé con exactitud en qué momento se apagan los sonidos del monte y caen los finos copos, casi invisibles en la paz del anochecer, sobre los pinos sorprendidos. Mi padre nos silba, al fin, desde el camino, y mi abuelo y yo arreamos al ganado en dirección al pueblo con cierta prisa, porque es casi de noche y arrecia el frío y la nieve, y nos aguardan, a buen seguro, las mujeres de la casa.
            Oigo el silencio de repente y comprendo que está nevando.


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